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Viviendo la Consagración Mariana


Unión con Dios y con su Madre. 

El fin de nuestra vida es la santidad, es decir, la unión con Dios, y la consagración mariana es un medio muy eficaz para alcanzarla.

Debemos hacer cada cosa del día en unión con María, para así hacerla en unión con Cristo, y nuestras obras tendrán entonces un valor infinito.

Quien ama a alguien, no ve la hora de estar la mayor cantidad de tiempo con quien ama. Si sabemos por la fe que María está constantemente a nuestro lado, con su cuerpo glorioso, que puede estar en todas partes al mismo tiempo, y así está al lado nuestro, entonces trataremos de intensificar esta vida de unión con la Santísima Virgen, nuestra Madre, ya que si la amamos no podremos de dejar de unirnos a su Corazón.

Es bueno que todos los días, a cada momento pensemos en esto, y hagamos el ejercicio de imaginarnos que María está con nosotros, en todas partes, a todas horas, en todo tiempo, porque esto no es solo imaginación sino que es la pura realidad, solo que con nuestros sentidos pesados a veces no la percibimos, pero Ella está siempre.

Si creemos firmemente en esto, entonces toda nuestra vida de consagrados cambiará y nos iremos acostumbrando a convivir con María, y a ofrecerle todo lo que somos y hacemos para unirnos más a Ella, y con Ella a Dios.

Solo se unen dos cosas que son semejantes. Para unirnos a María, debemos ser semejantes a Ella, es decir, evitar el pecado, guardar la pureza de pensamientos, palabras y obras, ser caritativos y mansos; y así también viviremos en unión con Jesús.

¡Ave María Purísima!

Comentario: 

Cuando nos consagramos a María, pasamos a pertenecerle en cuerpo y alma, en el tiempo y en la eternidad. Pasamos a ser propiedad suya y nada ni nadie nos puede arrebatar de su Corazón Inmaculado.

Al consagrarnos a la Virgen, no solo le damos el valor de nuestras buenas obras y todo lo que somos, sino que también le entregamos nuestros defectos, vicios y pecados, y ya nada es nuestro sino todo de Ella.

Esto es un gran consuelo porque ya nada nos queda de qué afligirnos, y nada nos debe preocupar el futuro, porque ya todo es de María y está completamente en sus manos. ¡Qué consuelo! ¡Qué paz! ¡Qué tranquilidad! ¡Qué seguridad!

Dejemos a María que haga de nosotros lo que Ella quiera, solo por nuestra parte, dejémonos llevar de su mano, y no tengamos miedo, porque esta Reina del Cielo y de la tierra no dejará que nos pase algo que sea realmente malo para nosotros, sino que hasta las cosas menos buenas que nos sucedan, siempre serán para un bien, pues pasarán a través de las manos de la Virgen, que las convertirá en fuente de méritos y de gracias para nosotros y para todo el mundo.

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